La fiesta roja

Mundial 2010 se terminó con un partido que defraudó bastante mis expectativas. Con los dos finalistas involucrados, España y Holanda, esperaba ver mucho mejor fútbol del que terminé viendo en Soccer City.

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Ahí recordé lo que decía ayer sobre el partido por el tercer puesto. Uno toma conciencia de lo que es la presión y de cómo esa presión termina afectando el espectáculo.

El sábado vimos un partido muy entretenido entre Alemania y Uruguay justamente porque los dos sólo tenían en la cabeza jugar lo mejor posible. Eso no sucedió el domingo entre España y Holanda.

Por el contrario, a los dos los dominó el miedo a equivocarse y prefirieron cuidarse. El resultado, el previsible: un partido chato, con muy poco fútbol.

En realidad, fue España el que no hizo tanto lo que pretendía. Holanda lo llevó a un terreno de agresividad, de roce físico, en el que le fue achicando la posibilidad de jugar a lo que los españoles mejor saben.

Así fue que casi no vimos a Xavi en prácticamente todo el partido, e incluso muy poco a Andrés Iniesta, que empezó a aparecer en el segundo tiempo y en el suplementario. Con lo cual España perdió a sus generadores de fútbol y tuvo una actuación muy por debajo de lo que venía mostrando.

Aun así, España fue un poco más protagonista que Holanda. Pero como los de naranja los llevaron al terreno de lo físico, del enfrentamiento, del roce, ese protagonismo español se fue diluyendo.

Ahora, Holanda también sufrió las consecuencias. Con tanta preocupación por la marca, también jugó por debajo de lo que había generado en partidos previos. Arjen Robben, quien podría haber inclinado el partido a favor de Holanda con sólo un par de jugadas, justamente estuvo impreciso en ese par de jugadas y le dejó el partido servido en bandeja a España.

Como si esto fuera poco, el árbitro Howard Webb no ayudó en lo más mínimo. Fue uno de los peores referatos que vi en el Mundial. No en fallos decisivos, pero sí fue sumando errores. Y la expulsión que no fue de Nigel De Jong, que le enterró los tapones en el pecho a Xabi Alonso, una decisión que nadie entiende por qué no tomó.

En medio de ese encuentro trabado y cortado, Vicente del Bosque acertó con la entrada de Jesús Navas y sobre todo con la de Cesc Fábregas, dado que con ellos España comenzó a jugar y sobre todo apareció Iniesta, a quien hasta ese momento no lo habíamos visto. Los holandeses tenían que pensar en otro más que generaba fútbol y la cosa se les complicó.

Por último, quería cerrar diciéndoles que estoy muy contento por lo de Uruguay en general y por lo de Diego Forlán en particular.

Con ese perfil bajo que tiene, marcó infinidad de goles en la Liga y en Europa, fue campeón de la Europa League y ahora cierra una temporada de ensueño con el Balón de Oro. Y bien merecido que lo tiene.

Eso es todo por ahora. Les agradezco haberme acompañado durante este mes. Y nos estamos encontrando pronto para seguir analizando este deporte que tanto nos apasiona: el fútbol.

Carlos Bianchi

Espn

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